sábado, 27 de mayo de 2017

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27 de Mayo de 2017

PENTECOSTÉS                               
               SOBRE EL ESPÍRITU SANTO

“¡Yo soy el Espíritu de Amor!
¡Yo soy Aquel que procede del Padre y del Hijo!
¡Yo soy la Alfa y la Omega con Jesucristo!
¡Yo soy el Soplo que genera la vida!
¡Yo soy el Esposo de María!
¡Yo soy la Voz de la Iglesia!
¡Yo soy el Alma de quien habito!

Sé tú mi voz que llama, Yo vengo a ti porque:

¡Yo soy Aquel que sopla donde quiere!
¡Yo soy Aquel que está fuera del espacio y del tiempo!
¡Yo soy Aquel que habita en todo lugar y en todo corazón!
¡Yo soy todo movimiento de Amor!
¡Yo soy la Aurora y el Ocaso!
¡Yo soy tu Presente y tu Futuro!

¡Porque antes que existiera el mundo Yo era!
¡Yo soy “Persona” juntamente con el Padre y el Hijo!”

“¡En este año dedicado a Mí, pocos me han invocado!
¿No sabéis, hijos míos, que de Mí procede la sabiduría y la ciencia?
¿No sabéis que sin Mí no podéis alcanzar la Verdad completa?
¿No sabéis que sin mi Luz, no podéis comprender la obra de Dios en vosotros?
¿No sabéis que si Yo no entro en vosotros, seguís en las tinieblas?
¿No sabéis que Yo atiendo, como una madre, cualquier llamada de mi hijo?
Porque siendo el Generador, Yo soy padre y madre.
¿No sabéis, hijos, que Yo sufro porque tengo un corazón que, siendo igual al Padre y al Hijo, es distinto al del Padre y al del Hijo?
¿No sabéis que Yo me derrito de Amor por vosotros, porque “mi templo”, el “templo de mi reposo” no es otro que vuestro corazón?

¡Abridme vuestros corazones! 
¡Yo os conduciré al encuentro con Cristo, que vendrá en la Gloria!
¡Yo me opondré siempre al espíritu de satanás! 
¡Yo oraré por vosotros y con vosotros:  único Espíritu en un “cielo y tierra nueva”!  ¡Amén!”   (25 septiembre 1998)


4 de junio de 1995, Domingo de Pentecostés          
              Nuestro sí

Esta mañana, a través de Radio María, he escuchado, interrumpida varias veces, una reflexión sobre el sí de Zacarías y el sí de María. Esto, Jesús, me ha llevado a reflexionar sobre mi sí.
Yo creo, Señor mío, que no estoy en el grupo del sí de Zacarías, que no ha creído; porque gracias a la historia, sé que Dios puede pedir cualquier cosa y nada es imposible para Dios. Pero también creo, muy a pesar mío, que no soy capaz del sí de María, o mejor, de la confianza ciega de María.
María no tenía la duda de equivocarse, aunque si, como criatura, podía dudar de sí misma, su confianza ciega en el Padre la llevaba a proceder con la tranquilidad de que Dios la conduciría por su camino.
Yo quisiera proceder así. Tener aquella seguridad interior para poder decirme a mí misma: Sí, yo puedo equivocarme, pero el Padre del Cielo no lo permitirá, aunque todo pudiera parecer una equivocación o un absurdo.
Sí, Padre, yo confío en Ti. Tomaré nota de todo.
Buenas noches. Ven, Espíritu Santo.



5 de abril de 1998, Lunes Santo  
              LOS PEQUEÑOS Y SENCILLOS

Una repetición, dulce y triste, de aquellas palabras que Jesús dijo a las mujeres:
“¡No lloréis por Mí, mujeres de Jerusalén, llorad mas bien por vuestros hijos!”
A continuación Jesús se vuelve hacia mí:
“¡Pequeña, la hora actual es más grave que aquella hora! Díselo a mis Sacerdotes, ¡no sea que dejen desprevenido a mi pueblo! Que tomen nota de mis mensajes y preparen a mi pueblo a la conversión”.
“Jesús, muchos Sacerdotes no creen que Tú estás a punto de volver, ni ellos mismos lo creen. Actualmente tus mensajes, como los que yo he recibido, son muchos y en todas partes del mundo; me parece que muchos no los atienden porque nosotros, tus instrumentos, no somos “la Iglesia”.
En mí nace una pregunta que no expreso a Jesús pero que Él ve: “¿Por qué estas cosas no las reciben los Sacerdotes?”
“Pequeña, si Yo diera directamente estas cosas a los Sacerdotes, ellos serían menos crédulos que vosotros, mis nadas, en general muy ignorantes; los “grandes” se opondrían porque conocen muy bien las Escrituras, y las usan para atemorizar y subyugar a las multitudes. Esta es la razón por la cual Yo siempre elijo a “los más pequeños” para que los poderosos nunca puedan decir que vuestra inteligencia o capacidad conoce y anuncia estas cosas.
Ahora bien, la extraordinaria coherencia con mi Palabra y la “única voz” de mis mensajes, semejantes en todo el mundo y en lenguas diferentes, sólo al obstinado le llevan a no reconocer en ello mi mano.
¡Satanás ennegrece muchos corazones, es verdad, pero no por mucho tiempo!
¡Quiero también que tú regales todo cuanto te he dado!”
“¡En Pentecostés Yo derramaré sobre todos gran abundancia de mi Espíritu!
Prepara los libros y Yo te guiaré ahora y siempre.
A todas las familias, a todas las personas que acepten difundirlos Yo las llenaré de gracias.
¡Yo soy el Dios de todos los siglos y este siglo verá mi gloria!
¡Te bendigo, pequeña, en el nombre del Padre y del Espíritu
Santo!
¡Yo soy la Trinidad!”
Me he quedado un tanto sorprendida de estas palabras: “Jesús, si Tú eres el Hijo, ¿por qué dices: soy la Trinidad?”
Jesús sonríe:
“Pequeña, todavía no te he dado a conocer, ni que sea
interiormente, al Padre y al Espíritu Santo. Pero viéndome a Mi ¡tú ves la Trinidad! ¡Este es el sentido!”
“Ya lo entiendo, Jesús”
Tal como Jesús pidió, el primer libro “De las tinieblas a la luz” vio la luz por Pentecostés de 1998.



8 junio 2001, Viernes            
           Entregar nuestro corazón

En los días siguientes al Domingo de Pentecostés he invocado de forma especial al Espíritu Santo...
Siento nostalgia de recibir, como tiempo atrás, el Corazón de mi Señor, pero no me atrevo a pedirlo... me siento indigna. No obstante pienso entregar a Jesús mi pequeño corazón sin esperar nada a cambio.
El Corazón de Jesús es continuo don, aunque no lo percibamos. Jesús está delante de mí, dulce y sereno, me sonríe pero no alarga sus Manos hacia mí.
De improviso, como si siempre hubiera estado allí, asombrada, veo, en el espacio que hay entre nosotros, como suspendido, el Corazón Divino.
Al mismo tiempo advierto el Corazón de Jesús como una Presencia más allá de la Realidad misma de Jesús. Este Corazón es el Corazón de Carne de Jesús pero..., no sé como expresarme mejor, es también un Corazón tridimensional.
Lo vivo como una particular revelación, sobrenaturalmente sublimada por la Gracia, ¡siento la profunda, y para mí nueva realidad, del Corazón Uno y Trino de Dios!
Miro a Jesús. Y Él, en su Bondad infinita, me comunica:
 “¡Contempla como por la Verdad
y por la acción del Espíritu Santo,
todo don se hace perceptible,
real y Vivo!”
Es extremadamente difícil llegar a describir lo que en aquel momento ha percibido mi espíritu. Pero, intentando formular una definición, a buen seguro insuficiente, me atrevo a expresarlo así:
¡El Corazón de Jesús es el Corazón visible de la Santísima Trinidad! Puesto que, siendo un solo Dios, es, para nosotros, esencialmente ¡el Corazón del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!
¡Es el Corazón vivo de la Santísima Trinidad, que nos ha sido revelado a través del Sacrificio humano y real del Hijo!
¡Se trata de un Corazón Trinitario! ¡Como Uno y Trino es el mismo Dios! ¡Es un Corazón-Persona!
¡Qué maravilloso Misterio!
¡Qué profunda es esta Revelación!
¿Cómo podré nunca explicarla?
¿Cómo podrán comprenderla los humanos?
Lo importante es amar, ¡sólo amar!
¡Amar este Corazón-Misterio!
¡Este Corazón-Persona Viva, que, realmente, se entrega cada día a nosotros
en la Santa Eucaristía!
¡Este Corazón Trinitario, por medio del cual, nosotros nos unimos místicamente a la Santísima Trinidad! ¡Amén!


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